
Recuerdo que de chavalina, cuando empezaron mis primeras salidas con mis amigos nos pasábamos horas y horas, sábados y domingos, en una sala de juegos recreativos de mi pueblo. Si no estábamos dentro jugando a los futbolines, nos quedábamos en la puerta matando el tiempo...bueno, tengo que matizar una cosa, en realidad no había un "jugábamos" más bien era un "jugaban". Siempre eran las mismas contra los mismos y claro yo no formaba parte del juego...yo y otra, siento ponerme delante pero es que ella se conformaba sólo con mirar. La cuestión es que siempre las partidas las querían hacer los mismos y a mi nunca me dejaban participar, "es que los equipos ya están hechos Susanita, quizá en otra ocasión". Harta de aquello intenté hacerme amiga de la otra, la que "sólo miraba y encima no hablaba", pero después de un par de semanas comprobé que la idea tampoco era buena...la chica hablaba lo mínimo y los fines de semana seguía viendo cómo jugaban los demás, así que ni corta ni perezosa dejé a un lado aquél sitio y a aquellas "amigas" para ir en busca de otras que a ser posible contaran con una...afortunadamente las encontré.
El caso de esta historia, es que hoy después de mucho tiempo he estado en un merendero con unos buenos amigos tomándonos unas sidras (en Asturias lo más normal, claro) y me ha hecho gracia encontrar allí un futbolin que hasta el día de hoy juraría jamás haber visto. Mirándolo recordé aquella primera pandilla, lo tonta que había sido y la de tiempo que aguanté por no desprenderme de las únicas amigas del colegio que había tenido hasta entonces...resumiendo que me dije; "¡Que carajo, hoy voy a probar!".
Me reí como nunca jugando con mis amigos y es que disfrutar con quien aprecias y con quien te aprecia sienta de maravilla.
Por cierto...no es que quiera presumir (je,je, mentira sí quiero), pero no se me dio nada mal.