
Como a Amelie Poulain a Laura le gustaba ir al cine y mirar las caras de los espectadores cuando se proyectaban las películas. Se reía cuando veía que pasaban miedo con una de terror, lloraba cuando derramaban lágrimas y mocos en las que tenían escenas tristes , sentía emoción cuando se inquietaban en los asientos con las de suspense... Laura era diferente.
Así, fue conociendo a los más asiduos de aquél cine tan viejo que tenía en frente de casa. Uno que conservaba aún sus butacas de madera con asientos abatibles acolchados de tela roja, que en su día debió de ser aterciopelada y que ahora tenía brillos por el desgaste... un cine que olía a madera vieja, como el corredor de la casa de su abuela, aquél donde solía jugar de pequeña a hacer música con el rechinar de la madera...
Con su peculiar manera de ver las películas, conoció a valientes que no lo eran, a forzudos de lágrima fácil, a soñadores con sonrisas perpetuas... a niños aventureros... incluso conoció a príncipes azules que de príncipes tenían poco, más bien eran ranas que llevaban en cada ocasión una princesa diferente, princesas con caras de idiota... enamoradas. Pero sin duda, quien le había llamado la atención más era "el chico de las mil caras", ese tan expresivo y que se quedaba embelesado en las películas románticas que tanto le gustaba ver. Tanto llamó su atención que Laura, decidió después de un tiempo y tras ensayar muchas veces ante el espejo, sentarse un día a su lado. Esperaría a que entrara y luego le pediría permiso para poder hacerlo... quería ver la expresión que pondría su cara cuando se lo preguntara, estaba convencida de que con ello sabría si le gustaría al chico o no... La sesión de las ocho del domingo, sería la ocasión perfecta.
Cuando llegó el día a Laura no le dejaban de temblar las piernas en la puerta de acceso hacia las butacas, el corazón le iba a mil y las uñas ya las tenía más que mordidas, pero estaba decidida.
Vio pasar a los valientes que no lo eran, a la vieja que siempre se dormía, al príncipe-rana con otra princesa (nueva, cómo no), al niño que se creía spiderman... y las puertas se cerraron... y la película empezó a proyectarse. Después de tantos estrenos, Laura se quedaba sin ver aquél con el que había soñado tanto. "¿Qué había pasado?" se preguntaba, "¿estaría enfermo?"... era algo extraño. A la salida comprendió.
Al lado del cine había un parque, en el parque bancos y en los bancos enamorados, qué iba a saber ella que aquél día la chica de las palomitas no trabajaba... cómo iba a saber que el chico de las mil caras y ella eran novios.
Ahora a Laura no le gusta ir al cine, prefiere ir a bailar a la discoteca y si miran... y si miran ya mirará ella.
